El sexenio de López Obrador llega a su fin, y el panorama que deja Morena es desolador. Se autoproclamaron como los salvadores de México, pero lo único que han logrado es destruir los avances que el país había conseguido con tanto esfuerzo. Las promesas de seguridad, desarrollo y bienestar quedaron en palabras vacías, y lo que nos dejan es un país más violento, empobrecido y con menos oportunidades para las futuras generaciones.
La violencia es uno de los peores legados de este gobierno. Con casi 200,000 muertos, López Obrador cierra el sexenio más violento de la historia moderna de México. Su estrategia de “abrazos, no balazos” fue un rotundo fracaso, permitiendo que el crimen organizado se fortaleciera. Hoy, ciudades como Culiacán son verdaderos campos de batalla. Tan solo ahí, en los últimos 20 días, 121 personas fueron asesinadas debido a la reciente batalla entre cárteles, un recordatorio de la incapacidad del gobierno para frenar la violencia. Los ciudadanos, abandonados por el Estado, marchan en las calles exigiendo paz, mientras las autoridades miran hacia otro lado. El Estado ha fallado en su deber más básico: proteger a la población.
La economía tampoco salió mejor parada. El PIB creció apenas 0.8%, un retroceso monumental para un país que aspiraba al desarrollo. López Obrador se jactaba de tener la fórmula mágica para el crecimiento, pero la realidad es que su administración dejó un estancamiento generalizado. El tipo de cambio, que cerró en 19.87 pesos por dólar, evidencia que la estabilidad que tanto pregonan fue más un juego de apariencias que una mejora real en las condiciones económicas. La falta de inversión y la desconfianza en las políticas del gobierno ahuyentaron a los capitales y cerraron las puertas al crecimiento.
En educación, la tragedia es evidente. Más de 1.6 millones de estudiantes abandonaron las aulas durante este sexenio. La crisis educativa que enfrentamos es monumental, y la respuesta del gobierno fue la de siempre: ignorar el problema. La educación, una de las principales vías de progreso, fue abandonada por una administración más preocupada por imponer su ideología que por garantizar un futuro mejor para los jóvenes de México.
Pero uno de los mayores escándalos de este sexenio ha sido la corrupción desenfrenada dentro del propio gobierno de Morena. A pesar de las constantes promesas de López Obrador de erradicar la corrupción, su administración se convirtió en un nido de irregularidades y protección a sus cercanos. Familiares del presidente, como sus hermanos, fueron captados recibiendo dinero en efectivo sin que se haya investigado a fondo. Los altos funcionarios de su círculo cercano estuvieron involucrados en múltiples escándalos, pero fueron protegidos por el manto de la «austeridad republicana». El caso de Segalmex, donde se desviaron más de 15 mil millones de pesos, es el mayor desfalco del gobierno, y hasta la fecha, no ha habido responsables claros. Esto es un claro reflejo de que la lucha contra la corrupción solo fue un discurso vacío, mientras la corrupción real florecía bajo el amparo de la administración.
En cuanto a la política energética, la reforma que pretende convertir a Pemex y la CFE en monopolios estatales es otro retroceso. En lugar de modernizar las empresas y atraer inversión, este gobierno nos condena a depender de un modelo ineficiente, cerrando las puertas al progreso que tanto necesita el país.
A lo largo de este sexenio, López Obrador y Morena se dedicaron a destruir lo que funcionaba, sin proponer soluciones viables. Comparado con los gobiernos del pasado, que, con sus errores, aún apostaban por el crecimiento y la estabilidad, este sexenio ha sido un desastre total. Mientras antes había un camino hacia el progreso, hoy México está roto, sumido en la violencia, la pobreza y la corrupción.
El pueblo mexicano debe reflexionar profundamente sobre el desastre que deja Morena y tomar decisiones claras sobre el futuro. Este sexenio fue un ejemplo de lo que no debe repetirse jamás.

