En uno de los actos de mayor desvergüenza que hemos visto en la historia reciente de México, el ministro Alberto Pérez Dayán decidió traicionar su juramento, a la Constitución, al país y a los millones de ciudadanos que confiaban en su papel de defensor de la justicia. Su repentino cambio de postura, más que un “giro”, fue un desplome absoluto. Pérez Dayán ha pasado de ser un juez de la Suprema Corte a convertirse en un triste peón del oficialismo, arrodillado y sometido a sus órdenes, sin más propósito que complacer a quienes buscan destruir la independencia de nuestras instituciones. Un traidor al pueblo de México, que con este acto tiró su nombre en el basurero de la historia.
Este acto de cobardía no es menor: Pérez Dayán tuvo en sus manos la oportunidad de defender la Constitución, la división de poderes y la libertad que tanto nos ha costado construir. Eligió la sumisión y claudicó, entregando a México en bandeja de plata a un régimen que no acepta oposición y que necesita sumisión para consolidar su poder. Pero mientras él se arrodilla, hay quienes, con carácter y valentía, defienden la independencia del Poder Judicial. A la ministra presidenta Norma Piña Hernández, la ministra Margarita Ríos Farjat, y los ministros Jorge Mario Pardo Rebolledo, Juan Luis González Alcántara, Alfredo Gutiérrez Ortiz Mena, Javier Laynez Potisek y Luis María Aguilar Morales, nuestro reconocimiento por sostener con firmeza la división de poderes y la dignidad del país.
Llamemos a las cosas por su nombre: esto no es un “giro” ni una “reconsideración”, sino un acto vil de traición. Pérez Dayán ha decidido convertirse en un cómplice de quienes buscan acallar a México. Su “cambio” representa la entrega descarada del Poder Judicial a un poder que no respeta la ley ni los derechos de los mexicanos, un poder que se empeña en eliminar a la oposición y desaparecer los contrapesos que sostienen nuestra democracia.
Su nombre quedará en la historia no como un ministro de la Suprema Corte, sino como un símbolo de cobardía y sumisión, un funcionario que, en lugar de resistir, se doblegó ante las amenazas. Pérez Dayán ha elegido el camino fácil, el de la traición, y al hacerlo le ha dado la espalda a un país que exige justicia, dignidad y valentía en sus instituciones.
Mientras él traiciona, seguiremos la lucha desde la oposición. Ser opositor es un acto de resistencia, de carácter y de determinación que el PRI seguirá ejerciendo con firmeza. Por más que el grupo en el poder intente sofocar los contrapesos, las y los priistas seguiremos exigiendo: más democracia, más justicia y más libertad.
México merece más, y no olvidaremos la traición de un ministro que eligió vender su conciencia antes que defender a la nación.

