Los Traidores de la voluntad popular

La política mexicana está llena de luchas, de ideales, y de esas ganas de ver un México mejor. Pero también, y esto duele decirlo, está llena de traidores. Sí, traidores, aquellos que se olvidan de para qué y para quién están en sus curules, esos que cambian de bando como si cambiaran de camisa. Llegan al Congreso como parte de la oposición, con un mandato claro de quienes les dieron su voto, y de la noche a la mañana, deciden pasarse al lado del oficialismo, traicionando no solo a su partido, sino a toda la gente que creyó en ellos.

Porque hay que decirlo claro: la ciudadanía vota con la esperanza de que sus representantes serán un contrapeso, una voz crítica que dé equilibrio al poder. Pero estos legisladores que se venden, que negocian sus principios y se entregan al mejor postor, están fallando a México. Y no es una cuestión de ideologías, sino de dignidad. ¿Con qué cara ven a sus electores después de traicionarlos de esta manera?

El espacio que ocupan en el Congreso no es suyo; es del pueblo, y para eso se les eligió. La gente no votó por ellos para que se arrodillen ante el poder, sino para que defiendan un México diverso, plural, donde todas las voces tengan su lugar. Pero cada vez que uno de estos traidores abandona a la oposición y se suma al oficialismo, diluye las voces de aquellos que clamaban por algo distinto. Nos quitan la oportunidad de construir un país donde haya alternativas reales, donde no todo sea una extensión del gobierno en turno.

Este país merece algo mejor. México necesita representantes que tengan las agallas de defender su puesto y de ser leales al mandato ciudadano, no a sus ambiciones personales. Y si algún legislador siente que ya no quiere ser oposición, que se vaya, pero que deje el puesto. Así de simple. No podemos permitir que nuestros congresos se llenen de figuras que solo están ahí para ver qué ganan o qué acomodan.

Es hora de alzar la voz, de no quedarnos callados. México necesita políticos que sientan el compromiso de ser verdaderos representantes del pueblo, que entiendan que la silla que ocupan no es para ellos, sino para el país entero. Porque al final, los puestos son temporales, pero la dignidad y la lealtad hacia México deberían ser eternas.