Cuando la Bandera dejó de ondear

En el atardecer de Campeche, la monumental bandera nacional se desprendió de su mástil, quedó suspendida fuera de su lugar y atrapada entre cables de alta tensión. Ese instante, más que un accidente, simboliza el estado de un país que, como este símbolo patrio, parece detenido, enredado en tensiones que lo detienen. Una bandera que debería ondear libremente, como símbolo de unidad y fortaleza, terminó inmóvil.

Esa escena, dolorosa y simbólica, es un reflejo perfecto de lo que vive el país entero. Un México paralizado, atrapado entre el abandono y la falta de rumbo.

La situación en Campeche refleja la crisis que se vive a nivel nacional. Como la bandera atrapada, el estado está inmovilizado en el estancamiento económico, la falta de empleo, las calles destrozadas, el alumbrado público apagado y los servicios básicos deteriorados.

El abandono y la inacción del gobierno reflejan una negligencia más profunda, uno que se extiende por todo el país. Calles oscuras y llenas de baches, camellones convertidos en selvas de hierba y un servicio público cada vez más precario.

El progreso, como la bandera, parece haberse detenido mientras las promesas de transformación se diluyen en una realidad de olvido y desidia.

A nivel nacional, la situación es igual de preocupante. Morena llegó al poder con la promesa de cambiarlo todo, de traer justicia y bienestar, pero lo que ha traído es una destrucción sistemática de las instituciones, un desprecio por la democracia y un creciente autoritarismo.

Las mayorías legislativas ilegítimas, la desaparición de órganos autónomos, el debilitamiento del Poder Judicial y el uso de la justicia con fines políticos son solo algunos ejemplos de un gobierno que ha desmantelado las estructuras que garantizan nuestro equilibrio democrático.

México, como Campeche, está enredado en tensiones que lo asfixian, en una parálisis provocada por la negligencia, la improvisación y la incompetencia.

La bandera suspendida no es el problema, pero sí el reflejo de lo que ocurre cuando el abandono se normaliza. Un gobierno que debería construir ha destruido. Una administración que prometió justicia ha perpetuado el abuso del poder.

Mientras tanto, como ese emblema nacional, el pueblo permanece atrapado, esperando ser liberado. En lugar de combatir la corrupción, esta se ha utilizado como excusa para concentrar el poder, debilitando instituciones que deberían servir a la ciudadanía.

En una república, el poder no es un privilegio sino una responsabilidad. Las instituciones deben ser garantes de la libertad, la igualdad y la justicia. La democracia no puede reducirse a un ejercicio electoral vacío, sino que debe ser un proceso continuo donde el diálogo, el respeto por la ley y el equilibrio de funciones del Estado sean la base. En este momento crítico, es necesario rescatar esos valores republicanos que nos dan identidad y fortaleza como nación. Sin ellos, la libertad se convierte en un concepto vacío y las instituciones pierden su razón de ser.

Actualmente, derechos que alguna vez fueron conquistas históricas se erosionan bajo la polarización y el autoritarismo. Voces críticas son silenciadas y derechos fundamentales antes inalienables son condicionados. Cada día, el riesgo de que México quede permanentemente atrapado en esta red crece. Las tensiones políticas y sociales se acumulan y la división se profundiza, dejando al país en un estado de fragilidad que amenaza su futuro.

Pero México, como la bandera, no ha caído. Sigue ahí, resistiendo. Esa imagen debe ser un recordatorio de que aún hay esperanza. Ahora depende de nosotros exigir gobiernos que trabajen, instituciones que sirvan a la gente y libertades que sean innegociables. No podemos quedarnos atrapados en esta red de abandono y discurso vacío.

México merece más y juntos podemos construirlo. Es momento de liberar al país. Es momento de exigir que los organismos vuelvan a ser herramientas al servicio de la gente, que las libertades sean respetadas y que los derechos sean restaurados.

El estado de abandono que vive el país es un recordatorio de lo que sucede cuando el discurso suplanta a la acción. México merece un gobierno que trabaje, que construya, que respete a su gente.