La política tiene una forma muy peculiar de desnudar la hipocresía. Hace poco más de una década, Morena aseguraba que la Reforma Energética impulsada por el PRI en 2013 representaba la peor traición a México. Afirmaban que se estaba entregando el petróleo y la electricidad a extranjeros, que Pemex y la CFE desaparecerían y que el pueblo pagaría tarifas más altas. No había discurso en el que no hablaran de la supuesta «venta del país». Hoy, en 2025, la realidad ha sido contundente: no solo esas predicciones jamás se cumplieron, sino que ahora ese mismo partido, el que se rasgaba las vestiduras en contra de la apertura del sector, impulsa una reforma que sigue los mismos principios que tanto atacaron.
El discurso de Morena ha cambiado radicalmente. Lo que antes llamaban “privatización” ahora lo presentan como una “alianza estratégica”. Lo que denunciaban como “saqueo de recursos nacionales” hoy lo justifican como una “colaboración público-privada para fortalecer el sector”. Y lo que antes aseguraban que destruiría a Pemex y la CFE, ahora lo defienden con orgullo, asegurando que es la única forma de garantizar la soberanía energética. ¿No que no?
El PRI nunca engañó a nadie. Desde 2013, explicamos con claridad que la apertura al capital privado no significaba vender el país, sino modernizar el sector. Sabíamos que sin inversión y sin tecnología de punta, México se quedaría atrás en la generación de energía y en la producción de hidrocarburos. Por eso, diseñamos un modelo que permitiera la participación privada bajo reglas claras, con mecanismos de supervisión y con organismos autónomos encargados de evitar abusos. Y lo más importante: nunca dejamos de fortalecer a Pemex y a la CFE, que siempre se mantuvieron como actores centrales del sistema energético.
Morena, en cambio, no solo se ha tragado su discurso, sino que ha implementado las mismas medidas que criticaban, pero con una diferencia fundamental: lo han hecho mal. Mientras en 2013 el PRI construyó un marco jurídico sólido, con controles y regulaciones, el gobierno actual ha optado por una reforma improvisada, que abre la puerta a la inversión privada, pero sin garantizar la transparencia ni la competencia justa. No es una apertura ordenada, sino una versión desorganizada y discrecional, donde todo se maneja con negociaciones oscuras y sin rendición de cuentas.
El resultado está a la vista. Después de seis años de Morena en el poder, la luz y la gasolina no han bajado, al contrario, son más caras que nunca. Prometieron autosuficiencia, pero seguimos dependiendo de importaciones. Juraron que rescatarían a Pemex sin inversión privada, pero ahora buscan desesperadamente capital extranjero para salvar sus proyectos fallidos. Y lo más irónico de todo: siguen culpando al pasado de sus propios fracasos, aunque hoy están aplicando las mismas políticas que antes condenaban.
El PRI no puede avalar esta reforma, no porque rechacemos la inversión privada, sino porque Morena la está manejando con total opacidad. No podemos permitir que se debiliten los organismos reguladores ni que se concentre aún más poder en la Secretaría de Energía. No podemos aceptar un modelo que imita la apertura de 2013, pero eliminando los contrapesos y favoreciendo la discrecionalidad política.
Morena se ha quedado sin discurso. Lo que en 2013 llamaban traición, en 2025 lo venden como modernización. Lo que antes criticaban con furia, ahora lo aplican con orgullo. Y lo que aseguraban que nunca harían, lo están haciendo sin admitir que se equivocaron.
El PRI siempre ha defendido un modelo energético basado en la eficiencia, la inversión y la transparencia. Morena, en cambio, solo ha demostrado que la ideología barata y la política de ocurrencias no funcionan. Hoy, la historia nos da la razón.

