La noche del sábado, apenas unas horas antes del Consejo Nacional de Morena, comenzó a circular una carta. No era cualquier documento: se trataba de la supuesta renuncia de Adán Augusto López Hernández. Membrete oficial, redacción impecable, firma nítida. Todo parecía legítimo. Pero lo más potente no fue la carta… fue lo que provocó.
Lo curioso no fue que la desmintieran. Lo verdaderamente revelador fue cómo lo hicieron. Los morenistas no emitieron un comunicado institucional ni fijaron postura oficial. Optaron por algo más burdo: difundirla ellos mismos en redes sociales, acompañada de comentarios supuestamente indignados. La desmentían… mientras la promovían. La negaban… mientras la hacían viral. Y en política, eso no es defensa: es fuego cruzado con mensaje incluido.
Pronto ocurrió lo inevitable: la carta quedó en segundo plano. El foco pasó a otra parte, más inquietante. Lo que se robó la atención fue el deseo colectivo de que fuera cierta. Porque lo que decía —presiones internas, traiciones, investigaciones— no parecía una invención. Parecía un retrato. Uno que encajaba perfectamente con lo que muchos ya sabían, sospechaban o intuían.
El silencio de Adán también fue un mensaje. No dijo una palabra. Ni una publicación. Ni una línea. Y en política, cuando el silencio es absoluto, no es por falta de qué decir, sino por miedo… o cálculo.
Lo que vuelve aún más inquietante este episodio es el contexto. Adán Augusto carga con un escándalo que se remonta a su paso por el gobierno de Tabasco, pero cuyos señalamientos han cobrado fuerza en fechas recientes: su entonces secretario de Seguridad Pública, Hernán Bermúdez Requena, ha sido vinculado con “La Barredora”, una célula del crimen organizado que operaba en la entidad con respaldo institucional. Un tema incómodo, del que nadie en Morena quiere hablar, pero que sigue ahí, en el aire… y en los expedientes. Su propio García Luna.
Y Adán no está solo. Otro hombre clave del presidente Andrés Manuel López Obrador, Alfonso Romo —jefe de la Oficina de la Presidencia durante buena parte de su sexenio— ha sido acusado de lavado de dinero a través de Vector Casa de Bolsa, una financiera de su propiedad. En resumen: los dos hombres más cercanos a López Obrador están vinculados al crimen. Dos figuras bajo sombra. Dos ejemplos de cómo, en el corazón mismo del lopezobradorismo, los vínculos con el crimen ya no son accidente, sino estructura.
En ese marco, llama aún más la atención que el primero en salir a desmentir la carta no fuera un integrante de la dirigencia de Morena. Fue Gerardo Fernández Noroña. Justamente él, quien más habría ganado con la salida de Adán de la Coordinación de Morena en el Senado. Qué curioso. Qué oportuno. Qué conveniente.
Y por si fuera poco, hoy, justo antes de entrar al Hotel Barceló, en la Avenida Paseo de la Reforma, donde se llevaría a cabo el Consejo Nacional de Morena, Noroña fue abordado en una entrevista banquetera. Al ser cuestionado nuevamente sobre la carta, respondió que era falsa, pero lo hizo con una sonrisa de oreja a oreja. “No hay nada… hasta este momento”, dijo, dejando más dudas que certezas. ¿Por qué sonreír cuando se niega algo tan delicado? ¿Qué oculta una sonrisa cuando debería haber firmeza? En política, hasta el gesto más mínimo puede ser un mensaje. Y esa sonrisa no desmintió: insinuó.
Minutos después, el señalado apareció en video. Adán Augusto llegó al Consejo Nacional de Morena cabizbajo, inseguro, errático. No respondió con claridad a una sola pregunta. Le cuestionaron si la carta era falsa: no contestó. Le preguntaron por su desaparición durante días: lo negó. Se limitó a decir que esperaba que las autoridades hicieran su trabajo, justo como decía la carta que, al menos él, no había “desmentido”. Le preguntaron si sabía lo que ocurría en Tabasco durante su gobierno, sobre su secretario de Seguridad vinculado al crimen organizado. Dijo no tener conocimiento. ¿Y cómo conoció a Hernán Bermúdez? No supo qué responder. Adán no solo llegó en silencio. Llegó abrumado. Llegó limitado. Llegó como si el peso de la verdad, aunque negada, ya estuviera sobre sus hombros.
Desde el propio entorno de Adán surgió una versión inquietante: que la carta fue fabricada en el gobierno de Tabasco. Una operación quirúrgica para debilitarlo aún más. Una jugada desde casa. Porque en Morena, el verdadero enemigo está en la misma mesa.
La carta puede ser falsa. Pero lo que reveló no lo es. Expuso las fracturas internas, los pactos rotos, los silencios cómplices. Mostró que Morena ya no es un proyecto político. Es una guerra de facciones, donde la lealtad se compra y la traición se filtra.
¿Fuego amigo? No. Esto fue fuego cruzado.
Y Adán, aunque esta vez no cayó… sí se quemó.

