Alejandro Moreno no fue a pasear a Washington. No fue a turistear ni a buscar reflectores. Fue a hacer lo que nadie más ha hecho con esa claridad: poner en la mira internacional lo que está ocurriendo en México con el régimen de Morena.
Trascendió que sostuvo reuniones privadas con funcionarios y representantes de agencias serias, como la DEA y el FBI, donde habría presentado denuncias sobre los vínculos del poder con el crimen organizado. Lo vimos en el emblemático Old Ebbitt Grill, frente a la Casa Blanca, en una cena reservada. No era una reunión social, era trabajo político del más alto nivel.
Un día antes, en entrevista con Ciro Gómez Leyva, ya lo había advertido: iba a dar nombres. Y cumplió. López Obrador, Andy López Beltrán, Mario Delgado, Layda Sansores, Manuel Bartlett, Américo Villarreal, Adán Augusto, Alfonso Durazo. Una lista clara y sin rodeos. No es común que alguien hable así de fuerte. Y mucho menos, que lo haga en territorio internacional.
Quien conoce a Alejandro Moreno sabe que no se rinde fácil. No por nada el expresidente de México Enrique Peña Nieto lo describió como “un político tenaz, perseverante, y verdaderamente insistente, que podría matar a un burro a pellizcos”. Esa es la fuerza que hoy lidera al PRI: una que no baja la cabeza, que empuja, que insiste, y que no se deja intimidar ni por los gritos del poder ni por sus amenazas judiciales.
Y mientras él estaba en Washington denunciando lo que otros callan, en México el oficialismo hizo lo de siempre: fabricar cortinas de humo. Desde 2022 traían el tema del desafuero como bandera política, pero un juez federal fue contundente: ordenó desechar el proceso por infundado, por ilegal y porque simplemente no había nada que investigar sobre Alejandro Moreno. El asunto se cerró, y con eso Morena perdió el único argumento que sostenía su narrativa.
Pero en lugar de aceptar el revés, lo reciclaron. El mismo día en que el juez tumbó la solicitud, volvieron a presentar otra, con las mismas acusaciones desgastadas. Otra vez el mismo guión, el mismo teatro. Una cortina de humo mal armada, para distraer de lo que realmente está haciendo Alito: poner al régimen bajo el ojo internacional.
De Alejandro Moreno podrán decir muchas cosas. Le han inventado toda clase de calumnias. Pero lo que nadie podrá decir es que sea un político agachado, sumiso o timorato. Es, hoy por hoy, el único político mexicano que está dando la batalla en serio contra Morena. Porque frente a lo que está pasando en el país, quedarse callado también es complicidad.
Este viernes, el propio Alito publicó un video en sus redes, tranquilo, sonriente, con ese tono firme que lo ha caracterizado en los momentos clave. ¿Dónde estaba? En la intersección de Connecticut Ave NW e I St NW, a unos pasos de la Casa Blanca, justo frente a la oficina del New York Times en Washington. No fue casual. Fue simbólico. Ahí dijo que ha tenido “muy buenas reuniones” y que avanza “con paso firme”. Así, sin escándalo, como un ajedrecista político que mueve sus piezas con paciencia, pero con claridad. Porque sabe que la mejor jugada no se grita, se ejecuta.
La diferencia es evidente: mientras unos se esconden detrás de discursos vacíos y propaganda pagada, Alejandro Moreno da la cara, enfrenta y camina firme. No lo mueve el miedo ni la popularidad. Lo mueve la responsabilidad.
Porque en tiempos donde el silencio es complicidad, él eligió hablar. Donde otros se acomodan, él se planta. Y donde el poder aprieta, él empuja más fuerte.
Esto no es espectáculo. Es coraje. Es liderazgo real. Y es apenas el primer movimiento de una jugada que puede cambiar el rumbo del país.

