¿Quién manda en México?

Hay momentos que no solo redefinen la conversación pública, sino que ponen en riesgo la esencia misma del Estado. Lo que ocurre alrededor de Rubén Rocha Moya no es un simple desgaste político ni una crisis mediática pasajera. Estamos ante la posibilidad de que estructuras criminales hayan penetrado el poder político al más alto nivel. Y cuando eso sucede, lo que se debilita no es un gobierno. Se debilita la República.

La primera implicación es la credibilidad del Estado. Un gobierno puede sortear crisis económicas o tensiones diplomáticas. Lo que realmente erosiona es la sospecha de vínculos o tolerancia frente al crimen organizado. Cuando esa duda se instala, cada decisión pierde fuerza y cada silencio pesa el doble. La Presidenta Claudia Sheinbaum enfrenta un desafío que rebasa lo local. Está en juego su capacidad para conducir al país con autoridad en materia de seguridad.

La segunda dimensión es internacional. México es socio estratégico de Estados Unidos en comercio, migración y cooperación en seguridad, en gran medida por los tratados que impulsaron gobiernos del PRI. Si desde Washington se perciben señales más firmes que desde el propio gobierno mexicano, la lectura externa es inevitable. Se cuestiona la determinación del Estado para enfrentar al crimen con autonomía. Esa percepción impacta la confianza, la inversión y el peso político de México en la relación bilateral.

En el plano interno, el caso golpea directamente la narrativa de control territorial. Sinaloa es un punto crítico del crimen organizado. Si un Gobernador bajo cuestionamientos continúa en funciones sin una revisión exhaustiva que despeje dudas, el mensaje institucional es delicado. Se proyecta la idea de que la responsabilidad política es secundaria frente a la protección del grupo en el poder.

La narcopolítica no aparece de un día para otro. Avanza cuando se normaliza, cuando se minimiza y cuando la propaganda convierte cualquier cuestionamiento en ataque partidista. Por eso este debate no puede reducirse a simpatías políticas. Se trata de la solidez de la República. Sin investigación profunda, sin rendición de cuentas y sin límites claros entre poder público y crimen organizado, el deterioro institucional se vuelve estructural.

Ante la amenaza que representa la narcopolítica para el Estado mexicano, el PRI asumió su responsabilidad histórica en la defensa de la República. No era momento de cálculos ni de silencios. El 30 de julio de 2025, en conferencia en el Senado de la República, Alejandro Moreno informó que presentó denuncias formales contra el expresidente Andrés Manuel López Obrador, contra Andrés López Beltrán, contra Adán Augusto López Hernández, contra Hernán Bermúdez Requena, contra Mario Delgado Carrillo, contra Manuel Bartlett Díaz y contra cinco gobernadores de MORENA, incluido Rubén Rocha Moya.

A todos ellos los señaló por presuntos vínculos con el crimen organizado, ligados, entre otras cosas, a esquemas de huachicol, al uso de dinero ilícito en campañas electorales y al nombramiento de funcionarios con antecedentes criminales en posiciones clave de gobierno.

Meses después, el 23 de septiembre de 2025, nuevamente desde el Senado, Alejandro Moreno presentó el llamado “Cártel de Macuspana”, una estructura que describió como una red narcopolítica encabezada por el expresidente López Obrador y conformada por operadores y funcionarios presuntamente coludidos con el crimen organizado. En ese esquema aparecían nombres que hoy ya enfrentan señalamientos formales e incluso detenciones internacionales. Entre ellos Hernán Bermúdez Requena, identificado como cabeza de La Barredora y ex Secretario de Seguridad de Adán Augusto López Hernández, así como Fernando Farías Laguna, señalado como líder huachicolero y sobrino del Secretario de Marina Rafael Ojeda. Lo que en su momento fue descalificado como exageración política hoy encuentra respaldo en investigaciones abiertas y procesos judiciales en curso.

México está ante una decisión que no admite medias tintas. O se enfrenta de manera frontal la penetración del crimen organizado en el poder político, o se acepta que la narcopolítica se convierta en parte del sistema. Y cuando el crimen se sienta en la mesa del poder, la democracia deja de ser democracia.

Aquí no está en juego un partido ni una coyuntura electoral. Está en juego quién manda en el país. Si mandan las instituciones o si mandan los intereses criminales. La República no puede convivir con estructuras capturadas por el crimen organizado. Y si el Estado no actúa con firmeza, la historia será implacable con quienes prefirieron el silencio.